15 de mayo de 2012

Pues la verdad, muy cambiada, yo no la veo.

Así de carne y hueso se ve muy parecida a la imagen de las fotos en las que todavía no era mi mamá.

Digo, por supuesto que ha cambiado: panzona cuando estaba embarazada, el cabello corto después de que nací, muy flaca en mi fiesta de un año y con unos cuantos kilos de más después de que nació mi hermana.

Cuando mami cumplió treinta le ganó la vanidad o dio el treintazo o quién sabe qué, porque decidió ir con la nutrióloga, se puso a dieta y ¡bajó ocho kilos! Luego se blanqueó los dientes, se cambió el estilo del cabello, se depiló las cejas (lo cual nunca había hecho) y se empezó a poner crema de noche.

Papi dice que ahora mami está tan delgada como antes, pero más guapa y más sexy. “Los hijos te añadieron unas curvas que me encantan”. Claro, se supone que yo no debería oír ni entender cuando mi papá le dice esas cosas a mi mamá pues se las dice en secreto y cuando cree que estoy distraído, pero la verdad es que tengo oídos ultrasónicos que escuchan a varios metros a la redonda.

De unos meses para acá mi mami se ha quejado de colitis. Como mi mamá come de una manera saludable y toma mucha agua, el médico le dijo que debe ser estrés. “Yo no estoy estresada” dice mi mamá, pero yo digo que tal vez sí, aunque sea un poquis.

Y es que digo, cuando mi mamá no era mamá, podía hacer prácticamente lo que quería y sólo era responsable de ella misma. Pero luego nací yo y le cambié la vida totalmente: le rompí todos los paradigmas y le arruiné su eterno perfeccionismo. Que si la lactancia, que si los pañales, que si las visitas al pediatra, las vacunas y la estimulación temprana. Que ya gatea, que ya camina, que si el lenguaje era el adecuado para mi edad… la verdad es que estando al pendiente de todo eso y más, cualquiera se estresa.

Luego llegó mi hermana y ya éramos dos niños para cuidar: mientras yo aprendía a avisar cuando necesitaba ir al baño, mi hermana empezaba con eso de las papillas. Mami ya nunca iba sola a ningún lado: si salía caminado, metía a la bebita a la carriola, a mí me tomaba de la mano y nos íbamos. Si la cosa era en coche, entonces tenía que meternos a cada uno a la sillita de seguridad y llevar una mega pañalera con todo lo necesario para los dos.

Luego crecimos, dejamos de ser bebés y entramos a la escuela. Entonces, cuando mami creyó que la cosa se pondría tranquila, empezaron las tareas, los trabajos manuales, los disfraces, los exámenes, las ceremonias, los festivales, los diplomas y siempre, en todos esos momentos, ella y papi han estado presentes. Su vida ha cambiado muchísimo y han tenido que ingeniárselas de mil maneras para apoyarnos y seguir haciendo todo lo que a ellos les gusta, como salir solos de vez en cuando y cuidar su relación… bueno, esas son las palabras domingueras que ellos usan para decir que siguen súper enamorados.

He visto a mami angustiada cuando estamos enfermos y sus ojos llenos de lágrimas cuando le cantamos una canción el día de las madres, pero no es porque cantemos feo, sino porque se emociona muchísimo. La he visto un montón de veces al volante para llevarnos a las clases de natación o de música, yendo de un lado a otro consiguiendo algo que nos pidieron en la escuela. La he visto buscando nuevas recetas para darnos cosas ricas de comer y la he visto frustrada porque no le obedecemos o porque lo que hasta un día le había funcionado en nuestra educación, ahora ya no sirve más.

Seguramente su vida ha cambiado mucho. Yo la he escuchado decir que si hubiera sabido de verdad todo lo que implicaba la maternidad, quizá nunca se hubiera animado a tener hijos, pero qué bueno que sí se animó, porque así mi hermana y yo podemos disfrutar la vida.

Pienso que las mamás son las personas menos egoístas de todo el mundo. Aprenden a dar su tiempo, su sueño, su esfuerzo y su creatividad a otros, en fin, a dar su vida a aquellos que aman. Aprenden a hacer cosas que nunca imaginaron que podrían hacer, como cuando me pegué con la papelera en el colegio y ella se hizo la fuerte cuando vio mis dientes todos flojos y con sangre. Me apapachó, me dijo que todo estaba bien y me llevó al dentista.

Las mamás se convierten en mujeres fuertes, capaces de defendernos de cualquier peligro sin dudarlo. Pero también son fuertes cuando reconocen sus errores, cuando expresan sus emociones o cuando piden ayuda. A mí me gusta que mi mamá nos pida ayuda, porque así aprendo nuevas cosas y me doy cuenta de todo lo que soy capaz de hacer.

Sé que desde que yo nací mi mamá ha cambiado. Es más libre y más plena. Cada día se esfuerza por ser mejor, por aprender más, por estar al tanto de lo que a nosotros nos gusta e interesa. Siempre busca ser una mujer inteligente para- junto a papi- poder guiarnos y ayudarnos a crecer, a entender nuestras emociones, a conocer a Dios, a encontrar nuestro propio lugar en este mundo.

Yo veo las fotos de hace años y luego miro a mi mamá: la del pasado y la del presente son iguales. Aunque estoy seguro que lo que ya no es igual en ella es su corazón: debe ser más grande, pues en él, mi hermana y yo, cabemos perfectamente.

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09 de mayo de 2012

¿En qué momento me convertí en la mamá de un adolescente? Recuerdo con absoluta nitidez la mirada con la que me escrutaba cuando le daba el pecho, las primeras sonrisas, su primera carcajada. Los primeros pasos, su lengua de trapo y todas sus ocurrencias. El primer día de escuela, el primer diploma y tantas cosas que me han llenado de felicidad y aprendizaje.

Y en un abrir y cerrar de ojos, resulta que tengo un chico de doce años que es tan alto como yo y que está a punto de finalizar su educación primaria.

Hoy está cumpliendo años, así que hace unos días le pregunté qué le gustaría de regalo y me dijo que quería música; estando en una plaza comercial me pidió que fuéramos a una tienda de discos (CD’s, DVD’s, libros…) para verlos y decidir cuáles quería. Estuvimos ahí cerca de media hora, yendo de Cold Play a Maroon Five, de FUN a U2, de los nominados a los Grammys a los Beatles.

Así de un lado a otro, pasamos por la sección infantil y nos topamos con un CD de Luis Pescetti (cantautor y escritor para niños, consentido y favorito en nuestra familia), abracé a mi hijo y le dije:

“¿Dónde quedó mi niño que pedía CD’s de Pescetti?”. Medio se rió, medio refunfuñó, medio mamá no me abraces ya estoy grande, medio Luis Pescetti es para niños, medio si de todas maneras ya tenemos todos sus discos y sus libros.

El domingo fuimos a un restaurante a comer para celebrar al cumpleañero, y mientras nos sentábamos y acomodábamos, dice el Campeón: “¿Es Luis Pescetti?”. Acto seguido todos volteamos hacia donde se dirigía su mirada y como nos separaba un gran ventanal, no podíamos ver claramente a la persona a la que se refería, pero sí, sí se parecía bastante al susodicho.

“Sí es”, “no es”, “si trae Converse, sí es”, “pues si no es, se parece mucho”… y así hasta que nos animamos a escribir “Hola Pescetti” en una hoja de papel y enviamos de mensajera a nuestra encantadora Princesa, quien se asomó desde nuestro lado del cristal con el letrero improvisado.

En cuanto la vio, Luis Pescetti (que sí era) y su acompañante le hicieron señas para que se acercara. El Campeón y yo la seguimos, después de una breve y amena charla (Luis muy amable y atento), nos tomamos la foto y regresamos a nuestra mesa a comer y a continuar con la celebración.

No fue hasta que llegamos a la casa, mientras que veía las fotografías que habíamos tomado, que me di cuenta de la gran felicidad que se refleja en la cara de mi Campeón mientras se fotografiaba con Luis Pescetti. Me acordé del episodio en la tienda de discos y pensé que soy la orgullosa mamá de todo un adolescente, con intereses y emociones mezcladas, con rasgos de todo un jovencito y con reminicencias de niño… y pensé que estoy feliz de crecer junto con mi hijo, de ir aventurándonos juntos en esta nueva faceta, de tener la certeza de que siempre podré decirle: “estoy Pendiente de Vos”. Que a pesar de que en ocasiones me ponga Cara de Pescado, lo amo más que el primer día que lo acuné en mis brazos. Que no importa cuántas veces me conteste Bien, Nada, siempre estaré ahí para escucharlo. Que estaré ahí cuando lleguen las Lilís, las Angelinas y las Marinettes. Y aunque sé que habrá momentos en que me Toque Todos los Botones, siempre, siempre, siempre seré su mamá.

 

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07 de mayo de 2012

De la maternidad se ha dicho tanto y de tan diversas maneras. Unos han hablado del amor incondicional de las madres, otros han dicho que somos ángeles que Dios envía a la Tierra para cuidar de sus hijos, se nos mitifica, se nos santifica, se nos beatifica… como si no hubiéramos hecho lo que hicimos para concebir y ser madres. Se nos ha descrito como mujeres abnegadas, entregadas, sufridas, sacrificadas y cursis, dadoras de vida que se han convertido en ceros a la izquierda con tal de que sus hijos salgan adelante y lleguen a ser lo que ahora son.

¿Y si no? ¿Si en realidad no somos todo eso? ¿Si en realidad yo no soy todo eso?

Porque la verdad es que a veces mi amor no es tan incondicional, en ocasiones anhelo que mis hijos me digan “muchas gracias mami por levantarte todos los días a las seis de la mañana para prepararme el desayuno”, “mami, gracias por lavar mis uniformes”. Sí, sí espero algo a cambio, así que, la verdad, me falta mucho para amar de esa manera, sin condiciones. Porque cuando les repito una y otra vez la misma cosa y aún así me desobedecen; eso del amor incondicional nomás no se me da.

No soy ningún ángel que Dios envió a la Tierra para juntar las manitas de mis hijos y enseñarlos a rezar, ni para desenvainar la espada ante cualquier injusticia cometida contra ellos; soy solo una mujer con múltiples defectos  que intenta de todas las maneras posibles no heredárselos a sus hijos. Soy una mujer, simple mortal, que se cansa, que se irrita, que se desespera, que no tiene todas las respuestas, ni todas las soluciones.

No soy santa, no soy indestructible y para nada quiero ser abnegada y sacrificada.

No me gusta interrumpir mi sueño y levantarme de madrugada a dar una medicina; no me gusta dejar inconclusa la plática con mi mejor amiga y salir a las carreras del restaurante donde estaba desayunando con ella para llegar a tiempo al colegio y recoger a mis hijos; no me gusta comprar en el súper galletas, postres y frituras que yo no me puedo comer; no me gusta ver la película que no quiero ver, pero la veo porque es la única disponible en el horario en que alguien puede cuidar a mis hijos mientras yo salgo con mi esposo. Ni tampoco me gusta esperar hasta que los niños se duerman para poder hacer el amor. No… definitivamente no soy ni abnegada, ni sufrida, ni sacrificada.

No disfruto que me canten “mamacita linda, mamacita buena, este alegre día con grata ilusión, vengo aquí a decirte que te quiero mucho, con todas las fuerzas de mi corazón…”, ni tampoco sé dónde poner la manualidad del 10 de mayo, porque aún no he adivinado para qué sirven ese montón de palitos pintados y pegados.

No, definitivamente no soy esa madre de los poemas que vienen en las tarjetas de felicitación; no soy una madre perfecta y gracias a Dios que no lo soy porque ¿Cómo me aguantarían mis hijos si fuera perfecta? ¿Cómo convivirían con alguien capaz de resolver todos sus problemas, con una mujer que tuviera la habilidad de defenderlos de cualquier peligro? ¿Qué harían con una madre tan fuerte y estable que nunca se enojara, con una madre que no tuviera errores y que no pidiera perdón porque se equivocó? ¿Cómo lidiarían con una vieja que les eche en cara todo lo que hizo por ellos durante toda su vida?

Prefiero ser una madre imperfecta y vulnerable.

No aprendí a ser madre instantáneamente, ni de un día para otro, ni siquiera de manera instintiva.

He crecido junto con mis hijos, he cambiando, mutado y florecido a través de cada etapa. He comprendido que los hijos no son propios, que llegará el último día en que estarán bajo mi techo y los tendré que dejar ir.

He reído con ellos, he llorado con ellos y a causa de ellos. Me he enojado, los he corregido, los he regañado, les he gritado… y después, cuando están dormidos, he entrado en silencio a sus cuartos y les he dado un beso en la frente.
Sigo aprendiendo a ser esa madre imperfecta y frágil, que está tejiendo las alas que les daré a mis hijos para que puedan volar, para que puedan ser independientes, para que puedan enfrentarse a cualquier circunstancia, para que llegue un día en el que no me necesiten más (aunque estaré ahí siempre que me necesiten).

Muchas veces me he sentido culpable por no ser esa madre intachable e irreprensible, por no ejercer mi maternidad con absoluta entrega e incondicionalidad.

Pero también he aprendido a deshacerme de esa culpa, disolverla, enterrarla y entender que no soy la madre perfecta, pero que sin duda soy para mis hijos, la adecuada, la más inteligente, la más tierna, la más bella… simplemente ¡la mejor!

 

 

 

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29 de abril de 2012

Tenía diez semanas de embarazo cuando sufrí un aborto espontaneo; no suele suceder así, pero el diminuto cuerpo de mi bebé salió entero del mío, pude verlo, sostenerlo y llevarlo dentro de un frasco con alcohol –junto conmigo- a la sala de urgencias del hospital.

Siguieron días de oscuridad y desesperanza, en los que pensaba que ni siquiera era competente en lo más básico que una madre debe hacer: albergar a su hijo en el vientre.

Tres meses después estaba encita otra vez, y aunque no fui diagnosticada con un embarazo de alto riesgo, sobra decir todos los cuidados y precauciones que mi esposo y yo llevamos a cabo durante nueve meses. Nueve meses en los que imaginé e idealicé cómo sería nuestra relación madre/hijo.

Leí y me informé hasta la saciedad, sabía exactamente cómo se estaba desarrollando mi bebé, que partes de su cuerpo se estaban formando. Tomamos un curso para saber qué hacer antes, durante y después del parto, sabía cuántas contracciones y en cuánto tiempo eran necesarias para irme al hospital. Sabía cómo respirar para disminuir el dolor, sabía cómo tenía que pujar y tenía lista la maleta junto a la puerta, un mes antes de la fecha probable de parto.

Sabía cómo amamantar a mi bebé, que mi cuerpo produciría la leche que él demandaría y que él se prendería al pezón instintivamente. Sabía cómo bañarlo, cómo cambiarlo, cómo limpiarlo y –claro- hasta cómo educarlo.

Pero ningún libro, ninguna revista y ningún curso fue suficiente ni me preparó para lo que sucedió hace casi 12 años.

Una cesárea después de toda una noche de trabajo de parto, dos días en el área de cuidados intensivos, un instinto maternal dormido, no instantáneo, una lactancia difícil y llevarnos a casa una personita desconocida que me estaba rompiendo todos los paradigmas, el perfeccionismo y la imagen de maternidad que yo había idealizado en los últimos meses.

Una depresión posparto intensa y agotadora que –viéndola en retrospectiva- se convirtió en la lección de vida más valiosa y maravillosa por la que he atravesado. Una experiencia que me hizo madurar y ser una mejor mujer. Una experiencia que recordé hace unos días cuando escuché a una locutora de radio decir: “Estamos tan agobiadas y concentradas queriendo ser la madre que soñamos ser, que se nos olvida ser la madre que nuestros hijos necesitan”.

A veces estamos tan atentas y ocupadas con “haz los deberes”, “báñate”, “come las verduras”… que se nos olvida crear una relación con nuestros hijos, en la que realmente nos enfoquemos en conocerlos, en escucharlos, en darles validez a sus palabras, pensamientos y acciones. 

Estoy contenta de ser la madre que hoy soy: ¡me gusto! Y a pesar de ello sigo teniendo mis ataques de culpabilidad en los que aseguro que soy la peor madre sobre la faz de la Tierra. Sigo teniendo esos días difíciles en los que pienso que son mis hijos los peores del mundo. Sigo teniendo esos momentos en los que pienso que por fin entiendo cómo ser madre y al siguiente día mis hijos cambian radicalmente sus conductas, retándome una vez más a prepararme, a aprender y a crecer junto con ellos.

De estos 12 años he aprendido que la maternidad es un trabajo muy difícil e intenso, pero altamente gratificante, lleno de satisfacciones, de amor y de bendiciones compartidas.

Gracias a Dios por haber puesto vida en mi vientre.

Gracias a mi esposo por transformar nuestro amor en un niño y una niña incomparables; por trabajar tan duro y regalarme la dicha de ser mamá de tiempo completo.

Gracias a mis hijos por su amor, por su confianza, por sus lágrimas, por sus risas, por sus historias, por sus aventuras, por su voz, por sus canciones, por su crecimiento, por sus miradas, por sus abrazos y por todo lo que hemos compartido como familia.

Gracias a mi madre, a mi suegra, a mis hermanas, a mi cuñada, a mi concuña y a todas mis amigas porque cada una, en su preciosa individualidad, me ha enseñado y animado a ser una mejor mamá. ¡Feliz Día de las Madres!

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21 de abril de 2012

Quiero compartir con ustedes un fragmento del libro “Hijos Tiranos o Débiles Dependientes. El Drama del Hijo Sobreprotegido” de la sicoterapeuta, conferencista y escritora Martha Alicia Chávez.

Cada vez que lo leo me hace reflexionar y me motiva a permitir que mis hijos crezcan, desarrollen todos los ámbitos de su persona y poco a poco se independicen, alcanzando sus propias metas.

Hoy recibí una noticia que me llenó de orgullo, no por la noticia en sí misma, sino al leer en la mirada de mi hijo las palabras “lo logré”. Mi Campeón obtuvo el primer lugar de zona (es decir, el primer lugar no sólo de su colegio, sino de varias escuelas) en la Olimpiada del Conocimiento Infantil 2012, pasando así a la siguiente etapa, en la que competirá con los mejores del sector.

Esto es el resultado de un continuo trabajo en equipo que comenzó, no hace unos meses cuando nos enteramos de este evento, sino desde el primer día de clases en preescolar. Gracias a todas y todos los maestros que han sembrado una semilla en mi hijo y que poco a poco ha ido dando y seguirá dando su fruto.

¡Felicidades Campeón!

Y ahora sí, con lo que había iniciado:

“Quizá la pregunta correcta no sea ¿en qué puedo ayudar?, sino ¿cómo puedo servir?
Servir es diferente de ayudar. La ayuda está basada en la falta de igualdad; por eso cuando ayudamos, le quitamos a la gente más de lo que pudimos haberle dado; podemos disminuir su autoestima, su sentido de valía, su integridad y entereza.
Cuando servimos, aprovechamos todas nuestras experiencias. Nuestras limitaciones, nuestras heridas, aun nuestra oscuridad.
Ayudar incurre en deuda. Cuando ayudas a alguien te deben una. Pero servir es recíproco. Cuando ayudo tengo un sentimiento de satisfacción. Cuando sirvo tengo un sentimiento de gratitud.

Ayudar es una labor del ego, servir es una labor del alma. 

Con el paso del tiempo ayudar desgasta, agota, consume. En cambio el servicio renueva.

Nos toca, como padres, dejar de ayudar a nuestros hijos y comenzar a servirles. Y así, honrando y respetando su individualidad, los acompañaremos por la vida sin pretender allanarles su camino, sino enseñándoles a sortear los inevitables desniveles, montañas y precipicios que hay en él. Les enseñaremos a sembrar y a cosechar, siendo conscientes y cuidadosos con lo que siembran, para que no se sorprendan con lo que cosechan.
Les mostraremos que toda puerta tiene una cerradura, y toda cerradura una llave que la abre, y que cuando no encuentren la llave, queda la opción de tocar, porque muy posiblemente habrá alguien del otro lado. Y si aun así la puerta no se abre, les enseñaremos a confiar en que siempre habrá otras que sí se abrirán.
Servir a un hijo, en lugar de ayudarlo, significa estar conscientes de que somos instrumentos de Dios y que estamos acompañados y guiados por Él en el proceso de cumplir nuestra función como padres.

Servir a un hijo en lugar de ayudarlo es la más elevada expresión del amor parental.”

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15 de abril de 2012

Hazlo en casa

Es verdad que nuestro mundo está en crisis, no solamente económica, sino también ambiental, social y hasta espiritual. No quiero ser pesimista porque no suelo ser así, pero tampoco quiero conformarme con las circunstancias y hacer nada para mejorarlas.

Me di a la tarea, entonces, de buscar recomendaciones, sugerencias, actividades y acciones adecuadas para simplificar, ahorrar y aportar algo bueno a nuestro tan deteriorado planeta, enfocándome esta vez a lo económico (que inevitablemente redunda en otros aspectos), para así también aprovechar y hacer rendir los recursos en mi hogar.

Cómprala, mírala y véndela...

Pero al buscar me topé con dos extremos: uno; textos que utilizan palabras muy técnicas como intereses, capital, saldo, adeudo, per cápita, historial crediticio… que aunque puedo (y debería) aplicarme en aprender y entender, no es precisamente lo que yo busco en este momento. El otro, sugerencias que me parecen el colmo de lo frugal, tales como irme a vivir a un lugar recóndito, maquilar mi propia tela, coser mi propia ropa, criar mis propios pollos y limpiar toda mi casa con vinagre… y no, tampoco esa era mi opción.

Me puse entonces a pensar en mi realidad y en mis objetivos y en base a ello realicé esta lista:

Reduce los antojos

1. Anotar todos los gastos que hago durante el día para ser consciente de a dónde se está yendo nuestro dinero.

2.Actualizar nuestro presupuesto familiar.

3. Adquirir productos de la marca del supermercado, suelen ser más baratos y me he dado cuenta que son fabricados por las grandes marcas, que suelen ser más caras.

4. Antes de comprar algo, preguntarme si verdaderamente lo necesito. En vez de comprarlo inmediatamente, dejo pasar algunos días, si lo olvido, es que realmente no lo necesitaba o no me gustaba tanto. Otra cosa que también funciona es pegar una nota en tu cartera (o en tu tarjeta de crédito) que diga en letras bien grandes: “¿REALMENTE LO NECESITAS?”

Busquen opciones de entretenimiento

5. ¿Visitas diario Starbucks para comprar tu cafecito o Ben & Jerry’s para comprarte un helado? ¿Qué tal si desempolvas la cafetera y cuelas tu propio café? ¿O qué te parece congelar tres tazas de fruta y mezclarlas en la licuadora con una taza de yogurt? ¡Helado al instante, mucho más barato y saludable! Aprende a hornear y haz tu propio pan, galletas y postres.

6. Mi esposo ha adquirido una nueva costumbre: en vez de alquilar DVD’s, los compra seminuevos; una vez que vimos la película, vuelve a venderla al video club, así le “damos vuelta” al dinero destinado al entretenimiento.

7. Si vas a dar un regalo revisa varias opciones y si te conviene más comprarlo o hacerlo.

8. Investiga si existen tarifas más baratas o puedes hacer ajustes en algunos servicios como televisión de paga, teléfono, seguros de vida, médicos o de auto.

Reutiliza y recicla

9. Sean creativos y encuentren nuevas opciones de entretenimiento: tarde de películas en casa en vez de ir al cine, juegos de mesa en vez de ir al centro comercial, comida hecha en casa en vez de salir a un restaurante.

10. Reutiliza y recicla. Además de ayudar al ambiente, también ahorras dinero. Desde que tengo máquina lavavajillas, ya no compro platos y vasos de papel, por ejemplo.

11. Desconecta todos los aparatos que no estás usando. Apaga las luces de las habitaciones en las que no estás. Procuren estar todos los miembros de la familia en una sola habitación para reducir el consumo de energía. Lava y plancha la ropa solo una vez a la semana.

12. Planea menús semanales y haz listas para ir al supermercado; no compres nada que no esté en la lista.

13. Antes de comprar ropa, haz un inventario de tu armario. Ve qué tienes y que verdaderamente te hace falta.

Comparte libros

14. No tiene nada de malo decirles a tus hijos “no está en nuestro presupuesto”. Enséñales a trabajar y a ahorrar para conseguir lo que desean.

15. Haz ejercicio en casa o sal a caminar en vez de pagar una cuota al deportivo o el gimnasio.

16. En el lugar donde vivo no hay biblioteca pública, pero tengo una amiga con la que intercambio libros. Cuando quiero comprar un libro le envío un mensaje preguntándole si ella lo tiene y ella hace lo mismo, así ahorramos y además, tenemos un motivo para vernos.

¿Y tu qué haces para ahorrar, simplificar y aprovechar mejor los recursos en tu hogar?

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12 de abril de 2012

Hace algunos años, los “memes” eran muy comunes en la blogósfera. Cuestionarios que pasaban de bloguero a bloguero, con la finalidad de descubrir pasatiempos, pasiones y recovecos de las vidas de aquellos que escribíamos un blog.

Este blog, hospedado en Mujer de Hoy, recién cumplió tres años; y para celebrarlo, se me ocurrió responder a las siguientes preguntas que mi amiga Eva, puso hace algunas semanas en su blog personal. No es propiamente un meme, pero me hizo recordar una etapa especial en mi vida.

Ahí les va:

1. Una película: “Larry Crowne” (“El Amor Llama Dos Veces”) con Tom Hanks y Julia Roberts.

2. Una preocupación: Las deficiencias del sistema educativo en mi país. Si mejorara la educación, muchas otras circunstancias mejorarían y se resolverían.

3. Un libro: ¿Sólo uno? Por supuesto la Biblia, ahí encuentro todas las respuestas a mis preguntas, todas las indicaciones para vivir, es la guía para mi matrimonio y mi familia, el manual para mis relaciones interpersonales. ¿Más libros? “Si pudieras verme ahora”, “Comer, Rezar, Amar”, “The Help”, “Un Lugar Llamado Aquí”, “La Ladrona de Libros”… y un montón más…

4. Un lema para la vida: “Cada día y cada circunstancia es una oportunidad para aprender y crecer”.

5. Una web: Pinterest.

6. Dos virtudes y un defecto: Soy persistente y soy ordenada, pero suelo agobiarme con facilidad.

7. Imprescindible en el bolso: Papel y lápiz.

8. Un objeto especial: Mis libros de cocina.

9. Un programa de televisión: Ace of Cakes

10. Una cosa que hayas hecho de la que te sientas orgullosa: Salir de mí misma, dejar el egoísmo de lado y descubrir que a través de mis talentos puedo compartir de lo que Dios me ha dado.

11. Un juego: Cualquiera que fomente la convivencia y las carcajadas con mis hijos.

12. Una afición: La repostería y la lectura.

13. Una vida ejemplar: La de mis líderes del grupo de jóvenes de la congragación cristiana donde crecí.

14. Una frase de tu abuela: “Ande yo caliente, aunque se ría la gente”.

15. Un rincón preferido del mundo: Recostada sobre el pecho de mi esposo.

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28 de marzo de 2012

Estos principios son (vienen de la introducción en la entrada anterior “Comunicándonos con Nuestros Adolescentes”):

1. Involúcrate: La comunicación con nuestros hijos no es un fin en sí mismo; la comunicación nos conecta el uno al otro, crea relaciones. Una buena comunicación genera buenas relaciones. Involucrarse significa estar presente en cuerpo y mente en la vida de nuestros adolescentes. Debemos darle a nuestros hijos el beneficio de nuestro ser entero. Eso significa enfocarnos y poner nuestra atención completa en lo que decimos o hacemos cuando estamos juntos.

Al involucrarnos con nuestros adolescentes les estamos dando el regalo de nuestra persona. En todo lo que hagamos y digamos debemos expresarles que los valoramos.

Si vamos a hablar, entonces es lo que debemos hacer: solamente hablar. Cerrar el libro, dejar de hacer lo que estemos haciendo en la cocina, apagar la computadora o la televisión. Nuestros adolescentes esperan y necesitan nuestra atención completa.

2. Haz del amor, el contexto: Todo lo que les decimos a nuestros adolescentes tiene sentido para ellos conforme al contexto sobre el cual hemos construido nuestra relación con ellos a través de los años. Así que debemos preguntarnos qué contexto hemos edificado. Cuando hacemos del amor el contexto, nuestros adolescentes entenderán que todo lo que les decimos es una expresión de ese amor.

Un amor que se empieza a erigir desde el vientre materno, crece en los primeros momentos después del nacimiento y se incrementa a lo largo de la vida con lo que decimos, cuando acariciamos a nuestros hijos, cuando los besamos, cuando los consolamos y en todo aquello que compartimos.

3. Escucha más de lo que hablas: Tenemos poder sobre nuestros hijos: físico, legal, moral… tenemos poder sobre ellos porque el conocimiento y la experiencia nos lo han dado, sin embargo, ese poder no nos da el derecho de dominar la comunicación que tenemos con ellos. Parece que de manera natural, tendemos a hablarles y pocas veces les escuchamos.

La comprensión es síntoma de una buena comunicación. Comprender a nuestros hijos implica demostrárselos. Si no escuchamos a nuestros hijos, jamás podremos comprenderlos. Tenemos que demostrarles a nuestros hijos una y otra vez que estamos ahí para escucharlos. Escuchar sin interrupciones, sin brincar a las conclusiones, sin predicar, sin sermonear. Sólo escuchar con total atención.

Si escuchamos a nuestros hijos, ellos sabrán que tienen la libertad y la confianza para hablar.

4. Retarda tu juicio: Tu hijo reprobó varias materias y no te lo dice hasta el último momento, cuando ya se fue a extraordinarios… ¿cómo reaccionas?

Retardar nuestro juicio no significa no reaccionar a lo que nuestros hijos nos digan, no significa que “nada pasa”, no significa que no habrá consecuencias. Significa que debemos reflexionar antes de reaccionar a cualquier cosa que nuestros hijos nos digan, sobre todo si no nos gusta lo que dicen. Significa que fomentamos un ambiente de libertad, confianza y apertura en el que nuestros hijos saben que pueden decirnos cualquier cosa. Las consecuencias, generalmente, fluyen de manera natural sin que nosotros reaccionemos de manera instintiva antes de conocer la historia completa.

5. Nunca te rindas: Muchas veces la comunicación con nuestros adolescentes se puede romper. Nuestras vidas no son series de televisión en que los problemas entre padres e hijos aparecen y desaparecen en media hora. Podemos tener problemas de comunicación que duren días, semanas, meses, años o vidas enteras, en los que cualquier intento de interacción parece estéril.

Cuando hemos intentado todo y todo ha fallado podemos estar tentados a decir: “¡ya estuvo, he dado lo mejor pero no ha sido suficiente, me rindo!”

No tenemos poder sobre aquello en lo que nuestros hijos no nos han dado el poder, pero sí tenemos poder en nuestras propias acciones. Podemos decidir no rendirnos, porque si no nos rendimos siempre existirá la posibilidad de reconectarnos con nuestros hijos, siempre y cuando mantengamos abiertas las líneas de comunicación con nuestros hijos.

Estos principios son universales, no tienen nada que ver con una época, lugar o sociedad determinados, no encuentran sus cimientos en ninguna fe o religión específica. Están enraizados en nuestra condición humana; relacionarnos a través de la comunicación, es lo que nos hace seres humanos y si aplicamos estos principios en nuestra relación con nuestros adolescentes, podemos llevarla a otro nivel.

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24 de marzo de 2012

Mi esposo y yo nos estamos adentrando a pasos agigantados en una nueva etapa de nuestra vida: ser padres de un adolescente. Es novedoso, es emocionante y es desconcertante. Las buenas noticias son que vamos aprendiendo, creciendo y madurando al lado de nuestro hijo; tenemos una comunidad a nuestro alrededor que nos apoya y acompaña en el proceso y -sobre todo- tenemos la posibilidad de acudir a Dios en cualquier momento. Él es el Creador de nuestro hijo, Él lo diseñó y lo conoce mucho, pero muchísimo mejor que nosotros: Él es su Padre.

Mi hermano, que tiene ya un hijo de 25 años y una hija de 21, siempre está al pendiente de nuestra familia y me hizo llegar dos libros que tratan el tema de la relación de los padres con sus adolescentes. He comenzado a leer uno de ellos (How to Say It to Teens del doctor en Educación Richard Heyman) y me ha resultado muy interesante y objetivo. Y como cada vez que aprendo algo, pienso en compartirlo con ustedes, pues a continuación les platico acerca de lo que hasta el momento he leído.

Conforme nuestros adolescentes maduran queremos que sepan qué hacer y por qué deben hacerlo. Esto los pone en control de sus propias vidas. Tienen el poder de saber lo que está bien y lo que está mal y son responsables de su comportamiento. Como padres, podemos usar la comunicación con nuestros hijos para enseñarles, más que para obligarlos a proceder de cierta manera.

Los adolescentes están atrapados entre dos identidades: ser niños y ser adultos. Buscan una identidad y lo hacen más allá de sus padres y su familia, empiezan a dirigir esa búsqueda hacia sus amigos, hacia los héroes de las películas y los cómics, hacia los artistas y cantantes, deseando encontrar respuestas a qué les debe gustar, qué deben decir, qué ropa se deben poner, cómo deben cortarse el pelo… Y además de buscar una identidad propia, tienen que hacer frente a los cambios físicos y mentales que trae consigo la adolescencia.

Podemos recordar nuestra adolescencia como un tiempo en el que buscábamos respuestas, las encontrábamos y luego las descartábamos por unas nuevas. Es un tiempo en que los amigos son más importantes que los padres, los maestros o las autoridades espirituales. Necesitan pertenecer, ser aceptados, ser miembros de un grupo. Necesitan ser como sus amigos, hacer lo que ellos hacen, hablar de lo que ellos hablan, amar lo que ellos aman y odiar lo que ellos odian.

Como padres, tenemos que aprender a aceptar esta etapa de nuestros hijos, y no lidiar con ella, sino más bien, aprender a comunicarnos con ellos  en medio de ella.

Y es precisamente ese el propósito de este libro: enseñarnos a comunicarnos con nuestros adolescentes a través de cinco principios que deberán convertirse en un código de conducta y ética, una expresión de lo correcto y adecuado al momento de interactuar con ellos.

Pero esos principios se los compartiré en la próxima entrada…

 

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19 de marzo de 2012

Dicen por ahí que los verdaderos amigos pueden contarse con los dedos de una mano y pensando en ello me doy cuenta que soy una mujer privilegiada, pues puedo asegurar que mis verdaderas amigas sobrepasan en número a los dedos de mi mano. Cada una de ellas es valiosa y especial para mí, sé que harían cualquier cosa por mí y sé que yo también lo haría por ellas.

A algunas las conozco desde hace muchos, muchos años y han permanecido en mi vida a pesar de las dificultades, los errores y las heridas, las alegrías, los logros y los aciertos; con otras me he topado a lo largo del camino y se han convertido en compañeras inseparables de este viaje; a otras más las he reencontrado a través de la magia de las redes sociales y al final, todas y cada una de ellas aporta a mi vida diferentes y enriquecedoras experiencias que me ayudan a ser una mejor mujer en las diversas facetas de mi vida.

Lo más común es que construyamos una amistad con aquellas mujeres que tienen algo en común con nosotras: edad, maternidad, carrera profesional, etc., sin embargo la profundidad y crecimiento de una amistad no está basada en estos factores, sino en unos más personales y significativos: aceptación incondicional, honestidad, compasión y confianza mutua. Por eso es posible hacer caso omiso de la brecha generacional y tener como amigas a mujeres más maduras o más jóvenes que nosotras, que nos ayudan a ampliar nuestras perspectivas, convirtiéndonos así en mujeres más empáticas y más solidarias, lo cual influye inevitablemente en nuestro bienestar.

Necesito amigas que ya hayan pasado por ciertas etapas de la vida para que me ayuden a transitar por ellas llegado el momento. Necesito amigas más jóvenes que me energicen y me inspiren con nuevas perspectivas y sus muy particulares puntos de vista.

Necesito amigas en las que pueda confiar, amigas que tengan cuidado de mí y de quienes pueda estar al pendiente; amigas con las comparta intereses y que me enseñen cosas nuevas.

Necesito amigas que sean un ejemplo de vida, que me motiven a ser una mejor persona, una mejor esposa, una mejor madre. Amigas que sean una brújula que me dirija a elegir el bien en medio de un mundo corrompido.

Necesito amigas con quienes pueda divertirme y reír hasta las lágrimas.

Varios estudios han demostrado que existe una conexión muy fuerte entre las relaciones de amistad de una persona y su salud física y sicológica. Las mujeres buscamos a nuestras amigas en momentos de estrés, porque hablar y compartir nuestras dificultades hace que nuestro cuerpo libere oxitocina; y cuando esto sucede, nos inunda una sensación de calma y tranquilidad. Otros estudios sugieren que si tienes cinco o más amigas con las cuales conversar un tema importante, estás más cerca de definirte a ti misma como una persona muy feliz.

Cuando fortalecemos los lazos que nos unen a nuestras amigas, somos más felices. Necesitamos intimar, necesitamos amistades a largo plazo, necesitamos pertenecer, necesitamos dar y recibir apoyo.

Pensar en la amistad como algo de lo que puedes obtener beneficios, puede sonar rudo y abusivo; pero el amor y la realización, la confianza y las risas, la inspiración y la preservación de la intimidad que construimos con nuestras amigas, son los dones y las bendiciones por los cuales vale la pena vivir la vida.

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